Seicho-No-Ie do Brasil

Movimiento Internacional de Paz por la Fe

Andrea Noemí López | Buenos Aires - Argentina

Nací en una ciudad llamada Rosario que queda a 200 km. de Buenos Aires, tengo pocos recuerdos de mi niñez con mis padres. Mi padre era alcohólico y él le pegaba mucho a mi madre, de noche me escondía a ver como mi padre la maltrataba, en ese momento lloraba mucho, quería defender la y a la vez sabía que no podía, tenía sólo 2 ó 3 años de edad.

Mi madre logro separarse de mi padre cuando estaba embarazada de mi hermano más pequeño, yo tenía 3 años. Fuimos a vivir con mis abuelos, (padres de mi madre), a otra provincia a 800 km. de Buenos Aires. Empezaba otra etapa para nosotros…

Al principio todo parecía bien… mi abuelo cobraba una pensión y le decía a mi madre que tenía que dar sus hijos a otras familias, que no nos podía mantener, y eso lo que hizo mi madre.

Yo tenía 6 años cuando mi madre me deja en una casa, con personas que nunca había visto; cuando percibí que no estaba, la tristeza me invadió, y busqué un lugar oscuro para llorar, me sentí morir, amaba a mi madre, lo único que tenía, tuve que acostumbrarme a vivir sin ella, ella me visitaba a veces, era muy feliz en esos momentos, en cada despedida, quería rogarle que no se fuera, que me llevara con ella, pero yo jamás decía nada.

Dos años después mi madre me cambia de casa, yo no entendía el por qué de ese cambio, pero la nueva casa en que me tocó vivir fue horrible, las personas que vivían allí me maltrataron, física y verbalmente, a veces venían sus hijas de visita. El primer día que llegué, mi madre ya se había ido, y durante la cena me hicieron comer en la cocina, sentí un gran desprecio de parte de ellos y también lloré mucho. Yo tenía 8 años, me hacían trabajar; cuando salían me dejaban afuera en el patio hasta que volvían, no me dejaban jugar, si alguien me regalaba algún juguete, ellos lo escondían, me discriminaban por el color de mi piel, y fue en ese momento de mi vida, que pensé “nadie me quiere”, deseaba salir de allí, les tenía miedo. Conocí el desprecio de esas personas y el abandono de mi madre. Nunca conté esto a nadie, ni a mi madre.

Un día, mi madre apareció, diciendo que venía a buscarme, permanecí callada, pero dentro mío estaba muy feliz, y me dije: “se acabó el dolor”…

Mi madre me contó que yo iba a vivir con mi hermana Claudia en un hogar de niños a cargo de unas monjas, aparte de encontrarme con mi hermana, había chicos de mi edad, me fue difícil adaptarme, pues yo no sabía jugar, si alguien me hablaba en voz alta yo lloraba, o si algún chico se peleaba con mi hermana, también lloraba … Ya tenía 10 años de edad, en este lugar encontré amor, aprendí a rezar, había una iglesia donde se celebraba la misa, empecé a cantar en el coro, rezaba el rosario, adornaba la iglesia con flores me gustaba mucho hacer todo eso.

A los 14 años decidí que quería trabajar, dejé el hogar, empecé a trabajar y a estudiar corte y confección, aprendí a coser y a hacer mi propia ropa, y a los 16 años empecé el secundario, en ese momento estaba viviendo con una amiga y su familia…

A los 18 años fui a vivir a Buenos Aires. En la casa de una familia, ellos querían conocerme antes y que yo también los conociera. Era un matrimonio con 4 hijos, me aceptaron como una integrante de la familia, me querían mucho, pagaban el colegio, iban a las reuniones del colegio, me cuidaban, por primera encontré una familia. Los sigo viendo, pues viven cerca de mi casa.

A los 23 años, caí en depresión, solo quería morir, quise quitarme la vida…, por una amiga me habló de Seicho-No-Ie. Me costó tomar la decisión de ir, pues la tristeza me dominaba, pero un día me levanté y la acompañé, desde ese día mi vida empezó a cambiar. Las reuniones se hacían en la casa de una profesora, éramos un grupo de 18 chicos, empecé a aplicar lo poco que había aprendido, y así salí de la depresión.

Luego de 8 meses más o menos el grupo se disolvió. Me gustaba estar en ese grupo y dejo de lado también Seicho-No-Ie.

Estaba trabajando, empecé a estudiar en la facultad, no me iba nada bien, empecé varias carreras y siempre las abandonaba, dejaba todo a medias… Tuve algunos novios, me dejaban o nos separábamos, yo sufría mucho… Un día me dije a mí misma: “¿será que tengo que ver a mi padre para poder tener un lindo noviazgo?”. Busqué la dirección de mi padre y fui a visitarlo, tenía 25 años y no lo veía desde los 3 años. Sólo tenía recuerdos feos de él, no sabía cómo iba a reaccionar en ese momento. Cuando llegué, la casa donde vivía era muy fea. Me llamó la atención un cuadro colgado en la pared, era una foto con mi madre cuando ellos se casaron. Él tenía en su mano una botella de cerveza, sentí rechazo, pensé que había dejado la bebida, pero no, seguía alcohólico. El me miró y me preguntó: “¿eres mi hija?”,” eres muy parecida a tu madre”, yo lo agredí, y él solo me miró y me abrazó, pero yo me sentí muy incómoda, no sabía que decir y me fui…

A los 27 años de edad, me voy a vivir sola, tenía momentos de felicidad, pero la soledad y la tristeza me invadían todo el tiempo, a veces me levantaba de mal humor, trataba mal a las personas, peleaba en el trabajo, sufría mucho, lloraba todo el tiempo y no sabía por qué, buscaba psicólogos, ninguno me ayudaba, no tenía ganas de salir, perdí las ganas de estudiar y así pasaron 5 años…

En un momento pensé, que debería empezar a rezar. Y comencé a realizar oraciones de la iglesia católica.

Una vez desperté en la mañana y me escucho recitando una oración. En ese momento no recordaba que era el “Canto Evocativo de Dios”. “Oh, Dios Padre que das vida a todos los seres vivientes bendíceme con tu Espíritu…” solamente esta estrofa salía de mis labios estando media dormida. Me sorprendí, pero no pensé nada. A los pocos días me vuelve a pasar lo mismo, pero me quedo pensando y me digo: “esta oración la conozco de algún lado”. La tercera vez volvió a pasar lo mismo, desayunando yo logro recordar toda la oración, y empecé a buscar mi Sutra Sagrada, y el folleto de la Meditación Shinsokán que había comprado hace 11 años. Sentí que ese fue un mensaje para mí. Enseguida le conté a mi hermana de esto, de lo maravillosa y grandiosa que es esta Filosofía, le presté mi Sutra, la leyó y fue así que buscamos por internet la dirección de la Sede Central, llamamos por teléfono y empezamos a ir juntas a las conferencias, y desde entonces nunca más dejamos de ir.

Con mi hermana hace 5 años que vivimos juntas, ella tuvo una infancia parecida a la mía, gracias a Dios, somos muy unidas, practicamos mucho las enseñanzas de Seicho-No-Ie. Pertenecemos al Grupo de Jóvenes de la Sede Central de Seicho-No-Ie de Argentina.

El año pasado participamos por 1º vez del Seminario de Entrenamiento Espiritual en español en la Academia de Santa Tecla- Porto Alegre- Brasil. Nos encantó, jamás pensamos que podía existir un lugar tan asombroso como ese, los 5 días de seminario, logramos entender y comprender muchas cosas de nuestra infancia, estamos muy agradecidas a Dios por habernos llevado a Seicho-No-Ie, y por haber conocido personas tan bondadosas, amables, asombrosas y maravillosas. Por primera vez siento que tengo amigos de verdad.

También tuvimos la oportunidad junto con mi hermana de participar del Seminario para Jóvenes en la Academia de Ibiúna, en San Pablo, Brasil en enero de 2011. Conocimos muchos jóvenes de los distintos países de América Latina con quienes nos comunicamos a través de las redes sociales vía internet.

Gracias a los Seminarios de Seicho-No-Ie, he tenido la oportunidad de conocer grandes y maravillosos profesores, que me han orientado con mucho amor y sabiduría. Fue así que logré perdonar a mi padre. Mi sentimiento hacia él empezó a cambiar, sentí ganas de ir a verlo, de abrazarlo y gritarle: ¡“Papá te amo”! Empecé a repetir esta frase todo el tiempo que podía. Un sentimiento muy agradable y profundo comenzó a brotar en mí, sentía mucha alegría por dentro y también en todas las personas. El 14 de Mayo del 2011, mi padre cumplió 62 años, ese día yo decidí volver a visitarlo, pero esta vez supe que sería un encuentro armonioso. Y así fue. Cuando lo vi, corrí y lo abracé muy fuerte, por primera vez llamé a mi padre “Papá” .

Me dí cuenta que siempre tuve un papá muy bueno, una mamá muy cariñosa y una familia maravillosa, muy, muy numerosa por cierto… En este momento puedo decir que soy muy, muy feliz.

MUCHAS GRACIAS!!!!



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